Pon a prueba tu imaginación.

Objeción a la novela histórica.

  Son buenos tiempos para la novela histórica, según dicen. Y así es. La novela histórica es un producto literario que va más allá de la simple moda. Me atrevería a decir que la novela histórica es la heredera directa del viejo poema épico. Ya no se escribe en verso sino en llana prosa y sus orígenes son más antiguos de lo que generalmente se piensa. Es posible que su nacimiento no esté en el bueno de Herodoto sino probablemente en la Farsalia de Lucano, el primer poema épico, (en verso eso sí), en desarrollar un argumento alejado de todo sustrato de mitología sospechosa. Este poema nos narraba las luchas entre Pompeyo y César pero la temprana muerte de su autor, a los 26 años, impidió que pudiera concluirla. Sin embargo la novela histórica aún tendría que aparecer con todas sus características reconocibles. Cierto. Son buenos tiempos para la novela histórica, y eso está bien. Pero tengo un reproche que hacerle a estos nuevos poemas épicos de nuestro tiempo. No es un reproche muy serio pero en fín es un reproche.

La novela histórica perfecta sería aquella que no sienta el color local, que se escriba como si el novelista hubiese sido testigo presente de los hechos narrados, como si fuese autor contemporáneo de la época histórica tratada. Esta sería la novela histórica perfecta. Hoy día el fácil acceso a una ingente documentación ha hecho que muchos autores caigan en el color local y que los escenarios de sus novelas parezcan falsos y de cartón piedra, como esas viejas películas históricas del Hollywood dorado que  todos recordamos. Si, es un leve reproche pero un reproche…Y no es que una buena novela histórica no deba estar bien documentada, sino que el novelista ha de ser lo suficientemente inteligente como para prescindir de toda documentación innecesaria. Hay grandes novelas, incluso auténticas obras maestras, que caen en el tentador pecado de lo erudito, y dedican páginas y páginas para informar al lector sobre una cantidad de fechas y sucesos, de personajes y eventos importantes, (para la Historia que no necesariamente para la novela), que nada tienen que ver con la pura ficción, es decir con la novela propiamente dicha. Como si no dedicar diez páginas para describir las armas de un espartano quitara verosimilitud a la historia que nos cuenta el novelista. Muy al contrario; esto quita fluidez al relato y por lo tanto se ve el truco. Y ya se sabe que los malos magos hacen trucos demasiado evidentes. Hasta la mismísima Notre Dame de París cae en este vicio tentador. No olvidemos que el color local es invención del romanticismo. Pero Victor Hugo sabe que su novela tiene doble lectura; la ficticia y la didáctica. Sin embargo muchos escritores no entienden muy bien esta diferencia e incurren en la mera pedantería. Borges decía que el campesino no ve el paisaje y que por tanto el buen escritor, (sino es un mal mentiroso), ha de tener la visión del campesino ante el mundo que describe; que observe con su retina de artista todo cuanto le rodea, con la sencillez y pureza del campesino, como si viera un árbol y sólo un árbol y no un especimen de botánica. Dicho de otro modo, el buen escritor no debe ver el color local para no caer en lo descaradamente falso. En Martín Fierro nunca se describe el paisaje, la inmensa Pampa argentina de extensas llanuras perdidas en el horizonte. Ésto entusiasmaba a Borges y con razón, él que precisamente era un escritor tan defensor de un estilo conciso y directo. Lo mismo se podría decir sobre Horacio Quiroga y la selva del Chaco o sobre Juan Rulfo y el México revolucionario, cuyo estilo tiene una austeridad tan conmovedora como sólo lo saben tener las obras más auténticas de la literatura universal. Un mal escritor es un mal mentiroso que no sabe hacer otra cosa que enfatizar su mentira. Se hubiese documentado a fondo sobre esa Pampa, sobre esa selva del Chaco, sobre los paisajes áridos calcinados por el sol de Jalisco y hubiese investigado hasta la obsesión cada detalle de la flora, la fauna, el clima, formaciones rocosas etc. La cumbre de este método la hallamos en Julio Verne, que es el maestro de lo falso, (aunque es un mentiroso genial), pues no entiende la ficción más allá del color local. Nada que ver con la Italia de Romeo y Julieta. La obra de Shakespeare resulta más creíble, verdadera y cercana precisamente por lo impreciso del escenario. Y sin embargo Shakespeare nunca pisó Verona, esa Verona que inmortalizó en las páginas de su poema trágico y que es más verdadera que la auténtica Verona que muchos turistas visitan anualmente. Claro, la verdad está en la poesía, no en un folleto turístico.

Abel Tomás Villalba.

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