Pon a prueba tu imaginación.

1. Homero y su marco histórico. La épica en los albores del siglo XXI.

2. Te sugerimos una nuevo estilo de recreación literaria: coteja nuestro material y nuestras reseñas. Participa tú también.

1.1 Todos, de un modo consciente o no, tenemos en el recuerdo aquella singular aventura que lanzó a un marino avezado por el infortunio y la antipatía de los dioses a la búsqueda dilatada de su deseado hogar. Por otro lado ¿quién desconoce la mítica aventura de amor, celos e intereses ocultos que impulsó a los atrevidos aqueos a la invasión de la misteriosa y arcaica ciudad de Troya? Ambas historias pertenecen al imaginario popular y cuando el propio acervo parece desentenderse de esta polvorienta colección de “fábulas” y las posterga al capricho del olvido toman el relevo los medios impresos y la desmedida industria del cine para hacernos recordar que una vez, en algún lugar y algún tiempo que traspasa nuestra noción de la realidad, existieron aquellos esforzados defensores del puerto de los Dardanelos, la mítica belleza de la propiciatoria Elena, el arrebato y la ingenuidad del joven Paris y el rastro infatigable de los celos de Menelao, el ambicioso proyecto de los caudillos aqueos, la ferocidad de Aquiles y la ingeniosa anécdota del conocido “caballo” -cuya mención, curiosamente, aparece de modo muy sucinto en el primero de los escritos homéricos-. Por otro lado ¿quién puede olvidar al famoso héroe, evadido de la misma Troya, obligado a bogar por la interminable negrura de los océanos, el armonioso canto de las sirenas, la gentileza de Nausícaa y las insidias de la maga Circe, la promesa de inmortalidad de Calipso, la visita a los infiernos, la furia de Caribdis y la contienda entre los pretendientes por tensar el arco de Ulises? Todas permanecen insertas en las caléndulas de nuestro saber cotidiano ya sea que hayamos oído mencionarlas directa o indirectamente. Pero lo que más nos sorprende de la maravillosa incorporeidad de estas fantasías es que en efecto siempre gozaron del privilegio de serlo, aun a despropósito del intento más o menos certero de ubicar la vieja ciudad de Troya en un remoto lugar de la vasta Anatolia como pretendió documentar el viajero y aventurero prusiano H. Schliemann. Y tal hecho no debe impresionarnos en lo más mínimo ya que quienes las relataron siempre consideraron que de un modo más o menos privilegiado debieron de ser legendarias. La “leyenda” es en definitiva la esencia del relato homérico y por extensión de toda recreación que atesore el calificativo de épico. La épica entendida al modo antes sugerido tendría dos rasgos relevantes que a mi modo de ver sustentarían sólidamente la empresa abordada: la naturaleza legendaria del relato, que si es transmitido de modo genuino ha de ser oral, y la capacidad de suscitar la emoción de un auditorio dispuesto bajo el efecto sugerente de la “catarsis”. No sería insólito en modo alguno para los griegos del siglo V a.C. aceptar que un Ulises atenazado por sus propias desdichas rompiera a llorar en el momento más álgido en que se cantaban los hechos de la guerra de Troya, tal y como lo refiere el canto VIII de la Odisea, puesto que al modo de ver de los coetáneos era normal que el poeta o músico buscara este efecto para resultar convincente. Esta misma funcionalidad era compartida con otro género habitual de la época que todos conocemos muy bien: la tragedia. Y lo que tenían en común ambos, tragedia y épica, además de suscitar la inspiración legendaria y buscar a toda costa la conmoción de un auditorio dispuesto era su firme adhesión al medio rítmico y musical. Dicho de otro modo para que todos lo entendamos: para la mentalidad de los griegos de los siglos VI y V que fueron los originales difusores de los poemas homéricos, tal y como hoy en día son concebidos, músico y narrador eran exactamente lo mismo. Resultaría complejo y ambiguo vislumbrar, incluso para una mentalidad muy moderna, a un músico que renunciara a expresarse a través del vehículo de la rítmica y de la sonoridad, una sonoridad y una plástica que extiende su soporte físico y perceptivo a través de los mecanismos de la versificación. Visto así el verso sería el recurso más apropiado para la épica tal y como la entendieron los antiguos griegos. Y aunque nos sorprenda esta conclusión, dadas las numerosas traducciones de los poemas homéricos realizadas a casi todos los idiomas -casi siempre en una prosa clara y evidente- lo cierto es que originalmente fueron compuestos en verso. Ésto que nos parece tan original no es en efecto exclusivo de la poética griega y cualquier entendido en la materia sabe muy bien que la escritura en verso es el medio habitual de gran parte de la mitología oriunda de las diversas culturas indoeuropeas y que incluso llegaba a abarcar a la composición de textos científicos y legales. Lo que convendría solventar por tanto es por qué en nuestro hoy día tan ambicioso de porvenir esa transmisión plástica del verso ha perdido su carta de principalidad, su hegemonía literaria, en favor de la aridez y excesiva rigidez científica de la prosa moderna. La recuperación del genuino espíritu de la épica pasa, a mi modo de ver, por la recuperación del verso, si no de manera anticipada sí combinada con el estilo de la narrativa actual; dicho de un modo más resumido: sería necesario volver a reubicar sin miedo alguno los dos sustratos esenciales de nuestro actual modo de expresión literaria si no queremos hundirnos en el Caribdis de una vastedad que muchos darán por vetada debido a su falta de atractivo. Y es que la épica nunca retornará a su abosulta originalidad y poder de seducción si no sentimos en el decurso de su aventurado deleite la capacidad de movernos al llanto tal y como consiguió hacerlo con el atribulado Ulises.

José Carlos Barroso.

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