Pon a prueba tu imaginación.

Archivo para marzo, 2015

Nuestra propuesta literaria para el género de fantasía distópica.

Desde sus orígenes remotos, tal vez en el Renacimiento o incluso medievales, el género de ficción distópica ha intentado atisbar en el misterio de nuestra condición innata para desvelar hasta dónde pueden llegar nuestras pretensiones de transformar la sociedad y nuestro entorno. En el siglo XIX veremos diseminada esta inclinación narrativa junto a los inquietantes libros de viajes. Hoy día es muy difícil deslindar la intención visionaria del creador de ficción científica del narrador en clave fantástica y de un último propósito a colación de dicha empresa: el inquietante debate formulado sin reservas desde Campanella hasta K. Dick sobre el conflicto social que nos aborda y su anticipada debacle interna.

No os dejéis llevar por las apariencias: no tienen que aparecer sofisticadas máquinas ni apabullantes experimentos científicos para que tengamos la certeza de estar ubicados dentro del género.

Haciendo una humilde tentativa del propósito expresado os presento dos de mis relatos fantásticos: “La gema del boyardo” y “No me mires”.

En breve colgaré mi próxima novela por capítulos: “De Civitate Lunae”.

*Podéis acceder a todos mis escritos a través de la página http://www.tusrelatos.com

La ficción narrativa y su contexto. La novela histórica.

Objeción a la novela histórica.

  Son buenos tiempos para la novela histórica, según dicen. Y así es. La novela histórica es un producto literario que va más allá de la simple moda. Me atrevería a decir que la novela histórica es la heredera directa del viejo poema épico. Ya no se escribe en verso sino en llana prosa y sus orígenes son más antiguos de lo que generalmente se piensa. Es posible que su nacimiento no esté en el bueno de Herodoto sino probablemente en la Farsalia de Lucano, el primer poema épico, (en verso eso sí), en desarrollar un argumento alejado de todo sustrato de mitología sospechosa. Este poema nos narraba las luchas entre Pompeyo y César pero la temprana muerte de su autor, a los 26 años, impidió que pudiera concluirla. Sin embargo la novela histórica aún tendría que aparecer con todas sus características reconocibles. Cierto. Son buenos tiempos para la novela histórica, y eso está bien. Pero tengo un reproche que hacerle a estos nuevos poemas épicos de nuestro tiempo. No es un reproche muy serio pero en fín es un reproche.

La novela histórica perfecta sería aquella que no sienta el color local, que se escriba como si el novelista hubiese sido testigo presente de los hechos narrados, como si fuese autor contemporáneo de la época histórica tratada. Esta sería la novela histórica perfecta. Hoy día el fácil acceso a una ingente documentación ha hecho que muchos autores caigan en el color local y que los escenarios de sus novelas parezcan falsos y de cartón piedra, como esas viejas películas históricas del Hollywood dorado que  todos recordamos. Si, es un leve reproche pero un reproche…Y no es que una buena novela histórica no deba estar bien documentada, sino que el novelista ha de ser lo suficientemente inteligente como para prescindir de toda documentación innecesaria. Hay grandes novelas, incluso auténticas obras maestras, que caen en el tentador pecado de lo erudito, y dedican páginas y páginas para informar al lector sobre una cantidad de fechas y sucesos, de personajes y eventos importantes, (para la Historia que no necesariamente para la novela), que nada tienen que ver con la pura ficción, es decir con la novela propiamente dicha. Como si no dedicar diez páginas para describir las armas de un espartano quitara verosimilitud a la historia que nos cuenta el novelista. Muy al contrario; esto quita fluidez al relato y por lo tanto se ve el truco. Y ya se sabe que los malos magos hacen trucos demasiado evidentes. Hasta la mismísima Notre Dame de París cae en este vicio tentador. No olvidemos que el color local es invención del romanticismo. Pero Victor Hugo sabe que su novela tiene doble lectura; la ficticia y la didáctica. Sin embargo muchos escritores no entienden muy bien esta diferencia e incurren en la mera pedantería. Borges decía que el campesino no ve el paisaje y que por tanto el buen escritor, (sino es un mal mentiroso), ha de tener la visión del campesino ante el mundo que describe; que observe con su retina de artista todo cuanto le rodea, con la sencillez y pureza del campesino, como si viera un árbol y sólo un árbol y no un especimen de botánica. Dicho de otro modo, el buen escritor no debe ver el color local para no caer en lo descaradamente falso. En Martín Fierro nunca se describe el paisaje, la inmensa Pampa argentina de extensas llanuras perdidas en el horizonte. Ésto entusiasmaba a Borges y con razón, él que precisamente era un escritor tan defensor de un estilo conciso y directo. Lo mismo se podría decir sobre Horacio Quiroga y la selva del Chaco o sobre Juan Rulfo y el México revolucionario, cuyo estilo tiene una austeridad tan conmovedora como sólo lo saben tener las obras más auténticas de la literatura universal. Un mal escritor es un mal mentiroso que no sabe hacer otra cosa que enfatizar su mentira. Se hubiese documentado a fondo sobre esa Pampa, sobre esa selva del Chaco, sobre los paisajes áridos calcinados por el sol de Jalisco y hubiese investigado hasta la obsesión cada detalle de la flora, la fauna, el clima, formaciones rocosas etc. La cumbre de este método la hallamos en Julio Verne, que es el maestro de lo falso, (aunque es un mentiroso genial), pues no entiende la ficción más allá del color local. Nada que ver con la Italia de Romeo y Julieta. La obra de Shakespeare resulta más creíble, verdadera y cercana precisamente por lo impreciso del escenario. Y sin embargo Shakespeare nunca pisó Verona, esa Verona que inmortalizó en las páginas de su poema trágico y que es más verdadera que la auténtica Verona que muchos turistas visitan anualmente. Claro, la verdad está en la poesía, no en un folleto turístico.

Abel Tomás Villalba.

¿Es posible combinar el verso y la narrativa contemporánea?

1. Homero y su marco histórico. La épica en los albores del siglo XXI.

2. Te sugerimos una nuevo estilo de recreación literaria: coteja nuestro material y nuestras reseñas. Participa tú también.

1.1 Todos, de un modo consciente o no, tenemos en el recuerdo aquella singular aventura que lanzó a un marino avezado por el infortunio y la antipatía de los dioses a la búsqueda dilatada de su deseado hogar. Por otro lado ¿quién desconoce la mítica aventura de amor, celos e intereses ocultos que impulsó a los atrevidos aqueos a la invasión de la misteriosa y arcaica ciudad de Troya? Ambas historias pertenecen al imaginario popular y cuando el propio acervo parece desentenderse de esta polvorienta colección de “fábulas” y las posterga al capricho del olvido toman el relevo los medios impresos y la desmedida industria del cine para hacernos recordar que una vez, en algún lugar y algún tiempo que traspasa nuestra noción de la realidad, existieron aquellos esforzados defensores del puerto de los Dardanelos, la mítica belleza de la propiciatoria Elena, el arrebato y la ingenuidad del joven Paris y el rastro infatigable de los celos de Menelao, el ambicioso proyecto de los caudillos aqueos, la ferocidad de Aquiles y la ingeniosa anécdota del conocido “caballo” -cuya mención, curiosamente, aparece de modo muy sucinto en el primero de los escritos homéricos-. Por otro lado ¿quién puede olvidar al famoso héroe, evadido de la misma Troya, obligado a bogar por la interminable negrura de los océanos, el armonioso canto de las sirenas, la gentileza de Nausícaa y las insidias de la maga Circe, la promesa de inmortalidad de Calipso, la visita a los infiernos, la furia de Caribdis y la contienda entre los pretendientes por tensar el arco de Ulises? Todas permanecen insertas en las caléndulas de nuestro saber cotidiano ya sea que hayamos oído mencionarlas directa o indirectamente. Pero lo que más nos sorprende de la maravillosa incorporeidad de estas fantasías es que en efecto siempre gozaron del privilegio de serlo, aun a despropósito del intento más o menos certero de ubicar la vieja ciudad de Troya en un remoto lugar de la vasta Anatolia como pretendió documentar el viajero y aventurero prusiano H. Schliemann. Y tal hecho no debe impresionarnos en lo más mínimo ya que quienes las relataron siempre consideraron que de un modo más o menos privilegiado debieron de ser legendarias. La “leyenda” es en definitiva la esencia del relato homérico y por extensión de toda recreación que atesore el calificativo de épico. La épica entendida al modo antes sugerido tendría dos rasgos relevantes que a mi modo de ver sustentarían sólidamente la empresa abordada: la naturaleza legendaria del relato, que si es transmitido de modo genuino ha de ser oral, y la capacidad de suscitar la emoción de un auditorio dispuesto bajo el efecto sugerente de la “catarsis”. No sería insólito en modo alguno para los griegos del siglo V a.C. aceptar que un Ulises atenazado por sus propias desdichas rompiera a llorar en el momento más álgido en que se cantaban los hechos de la guerra de Troya, tal y como lo refiere el canto VIII de la Odisea, puesto que al modo de ver de los coetáneos era normal que el poeta o músico buscara este efecto para resultar convincente. Esta misma funcionalidad era compartida con otro género habitual de la época que todos conocemos muy bien: la tragedia. Y lo que tenían en común ambos, tragedia y épica, además de suscitar la inspiración legendaria y buscar a toda costa la conmoción de un auditorio dispuesto era su firme adhesión al medio rítmico y musical. Dicho de otro modo para que todos lo entendamos: para la mentalidad de los griegos de los siglos VI y V que fueron los originales difusores de los poemas homéricos, tal y como hoy en día son concebidos, músico y narrador eran exactamente lo mismo. Resultaría complejo y ambiguo vislumbrar, incluso para una mentalidad muy moderna, a un músico que renunciara a expresarse a través del vehículo de la rítmica y de la sonoridad, una sonoridad y una plástica que extiende su soporte físico y perceptivo a través de los mecanismos de la versificación. Visto así el verso sería el recurso más apropiado para la épica tal y como la entendieron los antiguos griegos. Y aunque nos sorprenda esta conclusión, dadas las numerosas traducciones de los poemas homéricos realizadas a casi todos los idiomas -casi siempre en una prosa clara y evidente- lo cierto es que originalmente fueron compuestos en verso. Ésto que nos parece tan original no es en efecto exclusivo de la poética griega y cualquier entendido en la materia sabe muy bien que la escritura en verso es el medio habitual de gran parte de la mitología oriunda de las diversas culturas indoeuropeas y que incluso llegaba a abarcar a la composición de textos científicos y legales. Lo que convendría solventar por tanto es por qué en nuestro hoy día tan ambicioso de porvenir esa transmisión plástica del verso ha perdido su carta de principalidad, su hegemonía literaria, en favor de la aridez y excesiva rigidez científica de la prosa moderna. La recuperación del genuino espíritu de la épica pasa, a mi modo de ver, por la recuperación del verso, si no de manera anticipada sí combinada con el estilo de la narrativa actual; dicho de un modo más resumido: sería necesario volver a reubicar sin miedo alguno los dos sustratos esenciales de nuestro actual modo de expresión literaria si no queremos hundirnos en el Caribdis de una vastedad que muchos darán por vetada debido a su falta de atractivo. Y es que la épica nunca retornará a su abosulta originalidad y poder de seducción si no sentimos en el decurso de su aventurado deleite la capacidad de movernos al llanto tal y como consiguió hacerlo con el atribulado Ulises.

José Carlos Barroso.

Nube de etiquetas